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Actualidad, Cambio Climático Se acabaron las idílicas vacaciones en el Mar Menor

Muchos hemos chapuceado en sus aguas y disfrutado de su encanto. Hoy poco queda de esa joya natural asfixiada por las malas prácticas en el turismo, el urbanismo y la agricultura

Imagen aérea de la albufera de agua salada del Mar Menor (Murcia).

El Mar Menor, en Murcia, es un ecosistema único en Europa. Se trata de la albufera de agua salada más grande del continente, con 135 kilómetros cuadrados de agua salpicada por islotes volcánicos.

Una joya, un tesoro natural, que ha perdido en los últimos años su emblema de zona protegida para convertirse más bien en una especie de «vergüenza nacional». El perfecto símbolo de la degradación de los ecosistemas por culpa de la actividad humana.

«Nos hemos cargado el Mar Menor», comentan los vecinos de la zona. Y tienen toda la razón. Lo denuncian los ecologistas, lo reconocen hasta los políticos y lo sufren los más débiles: en este caso, la fauna y la flora que sobrevive asfixiada por una acuciante sobrexplotación de los recursos y una injustificada contaminación sin precedentes en la zona.

vacaciones en el mar menor

La fauna y la flora del Mar Menor intenta sobrevivir asfixiada por una acuciante sobrexplotación de los recursos

La gente que vive en los pueblos bañados por el Mar Menor ha visto cómo sus paisajes, sus playas y sus aguas han dado un giro radical en los últimos 40 años. Parece mucho tiempo, pero no lo es.

Nuestros abuelos, padres e, incluso, muchos de nosotros hemos pasado nuestras vacaciones o algún fin de semana -o hemos oído al menos hablar de ello- en algunos de los rincones en torno al Mar Menor: La Manga, Los Urrutias, San Javier, Los Alcáceres, Lo Pagán, San Pedro del Pinatar…

Eran destinos familiares habituales para las vacaciones de verano durante los años 70, 80 y 90. Su clima agradable, con más de 3.000 horas anuales de sol y temperaturas medias de 18ºC durante todo el año, lo posicionaban en una zona más que idónea para veranear, sobre todo para la tercera edad, que veía en las tranquilas aguas del Mar Menor un lugar seguro y casi terapéutico para pasar los días libres.

Del paraíso entre dos mares a una postal de ladrillo

La Manga del Mar Menor puede ser el caso de explotación urbanística más «salvaje» de la zona. En los años 50, La Manga era sólo una lengua de arena virgen de unos 20 kilómetros de longitud, formada por una acumulación de sedimentos arrastrados por las corrientes marinas.

Dunas de arena virgen protegidas -no se podía acceder de forma libre-, en donde no era extraño ver tortugas bocas, focas monje o flamencos. Una joya, más propia de una postal caribeña, en plena costa murciana.

El boom de la construcción de los años 60 fue convirtiendo en poco tiempo este lugar casi paradisíaco entre dos mares (el Mediterráneo y el Menor) en una panorámica repleta de ladrillo. Grandes edificaciones en primerísima línea de playa, macro construcciones que funcionan como hoteles, puertos deportivos y hasta casinos.

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*Propaganda urbanística de La Manga del Mar Menor. Fuente: Archivo fotográfico de la Manga del Mar Menor

Muchos españoles compraron sus viviendas vacacionales durante esos años de bonanza, cuando La Manga ni siquiera estaba asfaltada y no disponía de luz, mientras los más mayores cogían berberechos frescos de las orillas para cocinarlos, partían barcos para comer ‘caldero’ en la Isla Perdiguera o los niños jugaban con los caballitos de mar mientras hacían sus castillos de arena.

Todos en mayor o menor escala hemos ido contribuyendo en generar una huella ambiental sobre este territorio que poco a poco iba arruinando su ecosistema.

Esta explotación tuvo su máximo apogeo en los años 90, multiplicando los habitantes y la bonanza económica de esta zona. Con la entrada del nuevo siglo, las consecuencias ya eran más que palpables tras 40 años de desarrollo de un modelo turístico totalmente insostenible.

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Evolución urbanística de La Manga del Mar Menor desde los años 50 a los 70. Fuente: Región de Murcia Digital

El Mar Menor, en estado crítico

Aunque el problema del urbanismo, de la contaminación y de la pérdida de biodiversidad en el entorno del Mar Menor lleva arrastrándose durante años, fue en 2017 cuando la situación fue especialmente dramática.

La contaminación de esta laguna salada llegó incluso a capturarse desde el espacio, y ese mismo año sus playas perdieron absolutamente todas sus banderas azules.

El paraíso turístico parece haber explotado por todos lados. La crisis económica y medioambiental puso en evidencia el desenlace final de una «muerte anunciada». De los edificios turísticos de aquellos años de bonanza cuelgan ahora muchos carteles de «Se vende«.

A pesar de las múltiples protestas de vecinos, ecologistas y comunidad científica, la situación en este momento no ha mejorado. Muchos vecinos y turistas siguen enfrentándose al agua de color «chocolate» y las «sopas verdes» e, incluso, algunos lamentan haber sufrido erupciones en la piel o salpullidos tras el baño.

La Asociación de Naturalistas del Sureste ha denunciado en numerosas ocasiones, por ejemplo, que el origen de las machas marrones que se pueden ver en sus aguas son «una mucosa o fitoplancton generado por la proliferación de las algas a consecuencia de los nitratos».

Vertidos y explotación incontrolada

Los nitratos que llegan al Mar Menor son en realidad uno de los principales enemigos en este momento de esta zona. La laguna recibe vertidos de aguas fecales y metales pesados procedentes de los municipios costeros, además de productos contaminantes derivados de una agricultura intensiva, según denuncian los ecologistas.

Sin embargo, este mes de octubre probablemente nos llegaba desde este rincón de Murcia una de las imágenes más demoledores. Millones de peces se asfixiaban en las orillas de diversas playas del Mar Menor en su búsqueda por encontrar oxígeno.

Este dramático episodio ocurría tras la intensa gota fría que afectó a la región en septiembre de 2019. La DANA inyectó agua dulce a la laguna y arrastró todo tipo de residuos agrícolas y urbanos hasta el litoral.

Sin embargo, la DANA en sí no fue la culpable de esta masacre marina. Pilar Marcos, bióloga ambiental por la UAM y coordinadora del Área de Biodiversidad de Greenpeace España, señala a los «vertidosescorrentíasnefasta planificación, agricultura ferozurbanismo salvaje y a las golas y sí, la DANA» como responsables de esta tragedia en el Mar Menor.

¿Hay solución para el Mar Menor?

La situación es crítica y probablemente muchos de los daños causados son irreversibles, pero sí existen múltiples fórmulas para remitir la huella medioambiental provocada en el Mar Menor. Unas 55.000 personas se manifestaron el pasado miércoles en Cartagena en señal de protesta por la grave situación climática que viven en la zona a causa de los vertidos ilegales.

El Consejo de Gobierno de la región dio luz verde este jueves un paquete de medidas urgentes destinadas a preservar el estado del Mar Menor, revertir su situación actual y actuar en caso de emergencias, con una inversión de 8,25 millones de euros.

Entre las actuaciones destaca la creación de un banco de especies en peligro de extinción o singulares del Mar Menor, pruebas piloto de sistemas de oxigenación del Mar Menor, nuevos sistemas de limpieza de la biomasa y de barcos abandonados y medidas para analizar la gestión de residuos, entre otras iniciativas.