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¿Sabías que...? ¿Podríamos reconocer la vida extraterrestre si la viéramos?

La búsqueda de vida extraterrestre es muy complicada. En las últimas décadas, hemos puesto toda la atención en Marte. Pero, hay que hacerse una pregunta que es inevitable. ¿Seríamos capaces de reconocer la vida extraterrestre si la viésemos?

No es una pregunta inocente. Hemos dedicado las últimas décadas a la exploración de Marte. También a la búsqueda de vida. El motivo no es sorprendente.

Es el mundo más parecido al nuestro y está bastante cerca. Venus es más cercano, pero es un planeta infernal con unas condiciones totalmente alejadas de todo lo que creemos compatible con la vida. Lo irónico de todo este asunto es que, en el pasado, creemos que Venus y Marte fueron muy similares a la Tierra.

Imagen del cráter Gale, en Marte, fotografiado por el rover Curiosity el 9 de agosto de 2012. Crédito: NASA/JPL-Caltech/MSSS

No solo eso, es muy posible que Venus tuviese océanos y una superficie similar a la de nuestro planeta durante unos 2.000 millones de años. Es más tiempo de lo que se cree que Marte mantuvo unas condiciones similares. En la actualidad, el planeta rojo es un páramo árido y muy frío. Podemos concluir, sin miedo a equivocarnos, que es incompatible con la vida compleja de la Tierra. Pero, ¿y la vida unicelular? ¿qué pasa en ese caso?

La definición tradicional de vida era la de un ser capaz de metabolizar (consumir nutrientes y eliminar desperdicios) y de reproducirse sexualmente. Esa idea salió volando por la ventana en la segunda mitad del siglo XX, gracias al descubrimiento del ADN.

Permitió entender que la forma de vida predominante en nuestro planeta es el organismo unicelular. Es más, la vida multicelular apareció hace menos de mil millones de años.

El reino de los seres extraños

Entre esas criaturas unicelulares encontramos muchas que desafían el concepto de vida tradicional. Algunas no consumen nutriente de ningún tipo. La Shewanella, por ejemplo, extrae su energía metabólica arrancando electrones de las rocas. Otras no se reproducen sexualmente, se fragmentan de sus progenitores. Los virus pueden permanecer en estado durmiente durante siglos, en estado cristalino.

El afloramiento Payson, muy cercano al lugar de aterrizaje del rover Opportunity.
Crédito: NASA/JPL-Caltech/USGS/Cornell

Y, como no, tenemos el caso del tardígrado. Un extremófilo (no es el único) que disfruta en los entornos más extremos y salvajes. Se desenvuelve con soltura en el interior de géiseres. No tiene problemas con el frío de los glaciares antárticos. La presión de kilómetros de océano, en lo más profundo de nuestros mares, no le impide vivir. Así que la conclusión es bastante evidente. La vida en la Tierra puede ser realmente extraña y adaptable.

Por lo que cabe hacerse la pregunta siguiente: ¿cómo de extraña y adaptable será la vida de una biosfera alienígena, diferente a la de la Tierra, como podría ser la de Marte? Lo cierto es que podría ser muy diferente, pero todavía conservaría un aire familiar. La vida en la Tierra está basada en agua y carbono. Lo mismo debería aplicarse al planeta rojo, porque sus condiciones fueron similares a las de la Tierra.  Además, por algún lado hay que comenzar a buscar.

El dilema de las sondas Viking

En 1976, la sonda Viking 1 se posó en el ecuador de Marte. Fue la primera nave que lograba alcanzar la superficie del planeta rojo con éxito. Seis semanas después, en el lugar opuesto del planeta, aterrizó la hermana pequeña. La sonda Viking 2. Cada una de ellas estaba equipada con una pequeña pala para cavar zanjas en el regolito marciano. El regolito es una arenilla muy, muy fina, que recubre toda la superficie.

La nave Viking 2.
Crédito: NASA

Las imágenes de las sondas Viking no eran muy halagüeñas. Mostraban un planeta árido y seco. Pero llevaban esas palas porque se quería obtener muestras para tres experimentos destinados a encontrar señales de actividad biológica. En el primer experimento, esas muestras de regolito eran alimentadas con nutrientes y agua. El objetivo era buscar las señales de vida de los organismos que consumiesen ambas.

En el segundo experimento, se manipulaba esa arenilla en busca de rastros de carbono-14. Este elemento es uno de los productos de la fotosíntesis. El tercer y último experimento era, en teoría, el más prometedor. Las muestras se alimentaban con nutrientes orgánicos y se analizaba el aire a su alrededor. La esperanza era encontrar muestras de dióxido de carbono, que solo podrían proceder de microorganismos vivos.

El fracaso de los experimentos

El primer experimento dio resultado negativo. No había microorganismos que consumiesen ese agua y nutrientes. En el segundo, una de las muestras dio resultado positivo. Esto habría sido una gran noticia, de no ser porque la muestra de control, que había sido esterilizada, también dio positivo. Es decir, el motivo de ese positivo no era biológico. Era alguna otra cosa. El tercer experimento tuvo un resultado positivo en el primer intento. Se detectó dióxido de carbono.

Imagen del suelo marciano, captada por el rover Curiosity, que muestra el regolito.
Crédito: NASA/JPL-Caltech/MSSS

Sin embargo, en las pruebas posteriores, no volvió a verse señal alguna de dióxido de carbono. Además, un instrumento daba señales de que no había material orgánico en el regolito marciano. Eso no tenía sentido. En la Tierra hay meteoritos procedentes de Marte. Se desprendieron del planeta rojo en alguna colisión de algún asteroide en el pasado. Esos meteoritos tienen material orgánico. Así que, ¿cómo explicar esa incongruencia?

Hay diferentes posibilidades que se podrían considerar. Desde que los experimentos no funcionaron bien, a que estuviesen mal planteados porque se habían diseñado con la vida de la Tierra en mente. ¿Y si resultase que los nutrientes y agua de nuestro planeta son venenosos para los microorganismos de Marte? A fin de cuentas, estarían adaptados a un entorno muy diferente al nuestro. Los resultados de las sondas Viking han dado mucho que hablar.

Una posible explicación

Incluso se ha llegado a plantear que, en realidad, las sondas sí habían encontrado evidencias de vida. En 2008, la sonda Phoenix permitió hacer un descubrimiento muy interesante. El suelo de Marte puede destruir el material orgánico. Así que, de repente, los experimentos de las sondas Viking parecían tener sentido. La sal de perclorato, presente en el suelo del planeta rojo, no debería reaccionar con el material orgánico a temperaturas tan bajas.

Rocas y suelo marciano fotografiado por el rover Spirit el 13 de abril de 2006.
Crédito: NASA

Sin embargo, podría verse activado por la radiación que recibe el planeta. Un experimento de laboratorio, en 2013, reproduciendo unas condiciones similares, con mucha radiación, obtuvieron resultados parecidos a los de las sondas Viking.

Así que podemos olvidarnos de que haya vida en la superficie. Incluso microscópica. Pero, ¿y debajo de la superficie? ¿O en el interior de las rocas? Con el paso de los años, diversas investigaciones han ayudado a responderlo.

En 2015 se descubrieron dos moléculas orgánicas complejas en el cráter Gale, en Marte. Una de ellas, muy similar a un ácido graso que se encuentra en el interior de los muros celulares de las formas de vida terrestres. Es decir, en ciertas circunstancias, las moléculas orgánicas podrían sobrevivir en Marte. Así que la posibilidad de que haya vida en el planeta rojo no está descartada del todo. Tampoco la de que la hubiese en el pasado.

Intentando reconocer la vida extraterrestre

La pista para saber si fue así, podría estar en el lugar de aterrizaje de las próximas misiones. Se buscan lugares que tengan rocas sedimentarias. Como una arcilla, que se habría formado en presencia del agua de un lago. La roca ideal, para saber si hubo vida en el pasado, tendría que ser muy vieja. De unos 4.000 millones de años. Tendría que, además, haber estado enterrada durante la mayor parte de todo este tiempo.

Imagen del Polo sur de Marte en el año 2000.
Crédito: NASA/JPL/MSSS

Pero no es lo único a considerar. Hay que respetar los protocolos internacionales que obligan a que las naves que vayan a Marte viajen libres de microorganismos. Es necesario para preservar el tipo de vida que pudiese haber allí. Además, sería decepcionante descubrir una señal de vida solo para concluir que es un organismo terrestre que viajó a bordo de una nave. De hecho, en el fondo lo que se busca no es solo que haya vida en el planeta rojo.

Lo que se busca es una segunda aparición de la vida. Vida que sea diferente de la nuestra de formas indudables. Que muestren una evolución muy diferente. O que sus moléculas tengan la orientación (la quiralidad, como se le denómina en el mundo) en la dirección opuesta. Los aminoácidos de la vida de la Tierra están orientados a la izquierda. Encontrarlos con orientación a la derecha sería excepcional.

Un camino difícil y largo

Lo mismo sucedería si encontramos vida que, estando formada por aminoácidos que muestran esa orientación a la izquierda, como en la Tierra, tengan aminoácidos que no se utilizan aquí. La vida en la Tierra está basada en 20 aminoácidos. En la naturaleza hay más de 500. Pero mientras llega ese momento (si es que llega), hay que centrarse en otros aspectos. El metano es un punto muy llamativo en Marte.

Detalle del «brazo» de la nave Viking 1.
Crédito: Roel van der Hoorn

En la superficie del cráter Gale hay emisiones de metano. Breves, pero están ahí. El metano no debería estar ahí. Porque, si se formó en el pasado, se habría disipado en solo unos pocos cientos de años. Así que tiene que haber alguna fuente que lo reabastece. En la Tierra, esa fuente es la vida. En el caso de Marte, podría ser o de origen geológico o biológico. Podría ser un producto de la interacción entre gas, agua y roca.

O podría ser metano exhalado por microbios. Descubrir lo segundo sería una confirmación directa de que hay vida en Marte. Es una idea intrigante. Podría haber microorganismos allí, en estos momentos, exhalando metano. Aunque podría pasar mucho tiempo hasta que se determine si ese metano podría tener un origen biológico. En realiad, ni siquiera hace falta encontrar organismos vivos en Marte.

Identificar vida extraterrestre es difícil

Un conejo muerto, en Marte, sería una señal indudable de que hay vida. Pero también lo sería una molécula de clorofila. No se puede crear clorofila sin organismos vivos. Lo ideal sería encontrar fósiles reconocibles. Pero incluso esto es más complicado de lo que parece. En los años 80, en Australia, se creyó haber encontrado los fósiles más antiguos del mundo. Tendrían unos 3.600 millones de años.

Carl Sagan con un modelo de la sonda Viking que aterrizaría en Marte.
Crédito: JPL

Con tecnología más avanzada y sofisticada, ya en esta década, se concluyó que, en realidad, solo eran minerales. No había fósil alguno. Y eso nos pasó aquí, con la vida de la Tierra. Con vida que, en teoría, podemos reconocer sin dificultades. Puede que la detección de organismos vivos sea una simple cuestión de tiempo. O puede que no. Quizá Marte, y otros lugares, realmente no tengan vida alguna.

Pero para poder saberlo, no nos queda más remedio que seguir investigando y estudiando. El camino que queda por delante es largo y complicado. Pero no es sorprendente. Estamos intentando encontrar la respuesta a una de las grandes preguntas de la ciencia. ¿Estamos solos en el universo? ¿o por el contrario hay otros mundos en los que también se ha desarrollado la vida en algún momento? Por ahora no lo sabemos…