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¿Sabías que...? Lo que se esconde tras las piedras estelares (y no conoces)

VÍDEO: BÓLIDO CRUZANDO EL CIELO

 

El verano parece una época ideal para mirar el cielo durante la noche por el gran número de fenómenos astronómicos que durante esta estación y volver a sorprendernos por todo aquello que “hay ahí afuera”. Todo lo “extraterrestre” nos llama poderosamente la atención, y como no tenemos noticias (al menos de momento), de hombrecitos verdes que vienen a saludarnos, nos contentaremos con las “piedras” que nos van llegando.

Recordemos que nuestra querida Tierra se desplaza: movimiento dentro de un Sistema Solar dinámico;  movimiento, que a su vez se encuentra sumergido en un universo que se va expandiendo… más movimiento. De modo que constantemente nos cruzamos con muchas de esas “piedras” que nombro al principio de este post.

Piedras estelares: Planetas, satélites, asteroides y cometas


Los cuerpos celestes se clasifican en dos grandes familias, los que emiten luz (las estrellas), y los que solo la reciben.

Las estrellas se clasifican a su vez por la intensidad de luz emitida, mientras que entre los cuerpos “apagados” más grandes encontramos a los planetas, que giran alrededor de una estrella y tienen la suficiente masa como para presentar una forma redondeada (“pulidos” por la gravedad), y a los satélites o lunas, que vienen a ser casi mini-planetas que giran alrededor del planeta “madre” (también redonditos al tener la suficiente masa como para que la gravedad pueda jugar con ellos).

Un escalón más abajo encontramos a los asteroides, cuerpos sólidos, compuestos de metal y roca, que no reúnen la suficiente masa como los anteriores pero que sí llegan a orbitar alrededor de una estrella.

En nuestro Sistema Solar la zona de máxima densidad de estos cuerpos celestes se encuentra en el “cinturón de asteroides” (qué buen nombre) que existe entre las órbitas de Marte y Júpiter, aunque de hecho pululan por todo el universo, casi acaparando ese carácter apocalíptico asociado a la extinción de los dinosaurios o al “fin del mundo”.

VÍDEO:  SIMULACIÓN DEL IMPACTO DE UN ASTEROIDE DE 500 KM CONTRA LA TIERRA

Y en el mismo escalón de tamaño encontramos a los cometas, formados por roca, hielo y polvo. Tanto los cometa como los asteroides puede llegar a alcanzar el tamaño aproximado de una ciudad pequeña. Los cometas también se mueven alrededor de una estrella pero presentan unas orbitas elípticas muy extendidas (de unas 50.000 Unidades Astronómicas, o 50.000 veces las distancia Tierra-Sol).

El elemento más característico de los cometas es su cola, originada por la conversión en vapor de agua del hielo que se acumula en su superficie, esto ocurre cuando la órbita del cometa lo acerca demasiado al Sol.

Menos numerosos que los asteroides (se conocen algo más de 3500 cometas frente a millones de asteroides localizados), pero con más “glamour” y con nombres propios tan atractivos como Halley, Hale-Bopp, McNaught, Shoemaker-Levy… (generalmente se les bautiza con el nombre de su descubridor).

Millones de meteoroides en nuestro Planeta


Y ya, bajando en la escala de tamaño, encontramos los meteoroides, cuyo tamaño va desde una décima de milímetro (más pequeño de esto estaríamos hablando de polvo cósmico) hasta unos 50 metros. Por así decirlo son los “restos” que dejan las colisiones de cuerpos en el espacio, así pueden ser pequeños trozos de asteroides o de cometas o, más raramente, quizás algún trocito de algún antiguo planeta o satélite. Lógicamente el movimiento de toda esta interesante “basurilla” espacial está muy afectado por la atracción gravitatoria de los grandes cuerpos espaciales.

Nuestro planeta atrae a millones de estos meteoroides (algunos estudios hablan de 100 toneladas diarias).

Estas “piedras” penetran en nuestra atmósfera a gran velocidad, provocando una altísima fricción que genera temperaturas muy muy elevadas (todos tenemos en la retina las imágenes de películas donde las naves espaciales entran en llamas al alcanzar la atmósfera terrestre, luego la pericia del prota impide la catástrofe inminente).

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Ese enorme calentamiento puede provocar la vaporización total del meteoroide, que se desintegra dejando tras de sí un rastro de gas que se ioniza y brilla, ese “rastro” luminoso es lo que se llamamos meteoro. Sí el tamaño del meteoroide es pequeño ese “rastro” de luz lo conocemos comúnmente como estrellas fugaces.

Las lluvias de estrellas fugaces, que se originan cuando nuestro planeta circula por área de “desechos estelares” (dicho con todo el respeto posible), son sin duda uno de los eventos astronómicos más populares.

Bólidos y bolas de fuego


Sí el meteoroide “original” es de un tamaño algo mayor y provoca una luminosidad superior a la producida por el planeta Venus, tomada como referencia ya que es el planeta más luminoso del Sistema Solar (Venus posee una cubierta de nubes súper reflectoras y como esta muy próximo a la Tierra brilla por ejemplo 6 veces más que Júpiter), entonces estamos hablando de un bólido.

El concepto de bola de fuego no está demasiado claro, yo personalmente reservo ese término para un bólido de cierta magnitud. Un ejemplo es el bólido que ha cruzado el cielo del sur de España recientemente.

Pero, ¿ y sí el meteoroide no se “quema” del todo al atravesar nuestra atmósfera? En ese caso estaremos hablando de una “piedra” de cierta envergadura que terminará impactando contra la superficie terrestre. En este caso estamos ante un meteorito. Y un dato “codicioso”, el valor de un gramo de meteorito supera los 1.000 euros. El coleccionismo y la investigación hacen que su localización pueda ser bastante rentable.

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