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Deportes El lado oscuro del Everest

El Everest es la montaña más alta del mundo con 8.848 metros sobre el nivel del mar. Su dificultad hace que suponga todo un reto para los principales montañeros. Los primeros en ascender la cumbre fueron Edmund Hillary y Tenzing Norgay el 29 de mayo de 1953. Desde entonces, se calcula que han subido unas 5.000 personas, de las cuales más de 200 han fallecido.

Aunque hay cimas con un terreno más duro para el montañero, la altura del Everest hace que solo personas muy experimentadas y con grandes condiciones físicas y psicológicas puedan hacer cumbre. En los últimos 850 metros antes de la cima del Monte Everest se encuentra la llamada “zona de la muerte”, donde la aclimatación se hace muy difícil.

Cuando los montañeros superan los 8.000 metros de altitud, por cada paso que se da, necesitan realizar tres respiraciones y el corazón se acelera incluso en reposo para suministrar el oxígeno necesario. El desgaste es tal que si una persona se cae, se tuerce un tobillo o sufre cansancio, se debe levantar por su propio pie, ya que nadie le podrá rescatar. A esa altitud los helicópteros de rescate no pueden llegar y si alguien le intentara ayudar, morirían los dos.

Las condiciones meteorológicas tampoco ayudan. La media de temperatura en la cumbre es de -35 grados, aunque por las noches la temperatura cae fácilmente a los -60. Julio es el mes más cálido y los termómetros pueden ascender a los -20.

Con todo este panorama, subir al Everest es sin duda un riesgo, sin embargo, los montañeros saben a lo que se enfrentan. El mayor problema llega cuando se sobrepasa la “zona de la muerte”, muy fácil de localizar por los numerosos cadáveres congelados que hay en el propio camino. De hecho, estos montañeros fallecidos se utilizan como marcas en las diferentes rutas. “Botas verdes” es un cadáver así llamado por el color de sus botas, que se utiliza como referencia. La mayoría de alpinistas que ascienden al Everest deben pasar junto a él al ser la única ruta de la zona.

El terreno y clima del Everest ha hecho que la mayoría de las personas que han muerto permanezcan allí. Además, las gélidas temperaturas permiten que los cuerpos sigan casi intactos durante décadas.  Uno de los primeros que se ven durante el ascenso es “el saludador”, apodado así porque el cadáver quedó petrificado con un gesto de saludar con los brazos. Está allí desde los años 90.

El riesgo durante la ascensión al Everest es tan alto, que cada alpinista tiene que firmar un formulario en el que declara qué desea que se haga con su cadáver. Es el llamado ‘Body disposal form’, y deben señalar si desean que en caso de muerte dejen el cadáver en la montaña, lo devuelvan a Katmandú o lo traigan a casa. Si el cuerpo está en la “zona de la muerte”, la única posibilidad es dejarlo allí.